MANK
2020.
Dir. David Fincher.

Herman J. Mankiewicz (Gary Oldman) es
alojado en una casa en el desierto californiano. Es 1940 y ha sufrido un
accidente que le dejó con una pierna rota y debe de escribir el guion para la
película con la cual debutará en cine el joven prodigio Orson Welles,
triunfador en teatro y por la radio. Debido a su alcoholismo, el asistente de
Welles, John Houseman, lo ha recluido en este lugar junto con una secretaria,
Rita (Lilly Collins) para que tome su dictado, además de no permitir que beba
ya que es alcohólico. Este será el escenario principal de la trama que tomará
caminos hacia el pasado para que se conozcan las relaciones que Mank, como se
le llama, tuvo con el magnate William Randolph Hearst y su amante, la actriz
Marion Davies. El producto final será el guion que dará lugar a El ciudadano
Kane, ahora considerada una de las joyas de la cinematografía mundial. Así,
se rinde homenaje tanto a la película original como al personaje que la creó, utilizando
una textura similar (es en un extraordinario blanco y negro digital), además de
ciertas tomas que recuerdan a la inventiva fotografía de Gregg Tolland.

Sin embargo, estamos ante una ficción
sobre hechos del Hollywood de antaño. Se presentan anécdotas y datos que se
trastocan en tiempo y personas. Un telegrama que Mank envió en la vida real a
un escritor, aquí se le asigna a otro. Frases que se han adjudicado a diversos
personajes con el paso de los años, aquí se escuchan en boca del jefe de la
MGM. Se le rinde pleitesía a las acciones y la integridad de un escritor, pero
adjudicando la libertad imaginativa y conveniente del cine. No es una reinvención
de la realidad (para responder a la pregunta ¿qué hubiera sucedido si…?)
como la crearan Tarantino (Érase una vez en Hollywood) o la serie televisiva
de Ryan Murphy (Hollywood): más bien, es una reconstrucción en cuanto los
elementos se adecuan y colocan para darle una continuidad para mayor
entendimiento del espectador.

La cinta nos narra tanto el efecto que
otras personas tuvieron en Mank, como el magnate del periodismo Hearst y el poderoso
jefe del estudio más prestigioso del Hollywood de los años treinta, la MGM,
Louis B. Mayer, como el fracaso político del escritor: serán los puntos
destacables. Ambos individuos servirían como inspiración para el personaje de
Kane, por sus hechos, aspiraciones políticas, doble moralidad, desfachatez en
la forma de mangonear tanto a público como a empleados. Mank insiste en que la
actriz Marion Davies no fue el modelo de Susan, la amante de Kane en la cinta
de Welles, y una secuencia de Mank lo subraya al enfrentarla con el
guionista para que le exprese que le hubiera encantado poder interpretarse a
ella misma diez años atrás, a lo que el escritor insistirá en negarla como
musa. En cuanto al segundo tema, están los ideales políticos de socialismo del
escritor: se muestra la contienda que en 1934 se tuvo para la gubernatura de
California donde el radical de izquierda Upton Sinclair, perdió ante su opositor,
gracias a la propaganda sucia y manipuladora que el mismo Hollywood propició
desde el poder. La cinta sugiere que Mank fue el que dio la idea al mismo
Thalberg, productor poderoso en la MGM para la realización de cortos que inspiraran
el temor del pueblo hacia lo que se pensaba como tendencia comunista.

Y finalmente, el alejamiento que Mank
tuvo con Orson Welles cuando le exigió su crédito en la creación del guion de
su película, cuando originalmente, por contrato, iba a quedar en la oscuridad
para resaltar el genio del director que se encargaría de la adaptación. Welles
aceptó, aunque reclamando que se estaba faltando a un compromiso. Mank, por su
parte, aclaró que era el mejor trabajo que había realizado en su vida. Ambos
ganaron el Óscar a mejor guion original. La cinta afirma que Mank no volvió a escribir
nada luego de El ciudadano Kane, y aquí se aclara cómo la ficción
fílmica se adecua a sus necesidades dramáticas, expresando falsedades. Mank
vivió hasta 1953 y continuó adaptando o creando guiones para cine, tan
importantes como la conmovedora biografía del beisbolista Lou Gehrig, en Ídolo,
amante y héroe (Pride of the Yankees, 1942, Sam Wood) o la fábula mágica Su
milagro de amor (The Enchanted Cottage, 1945, John Cromwell) y la excelente
muestra de cine negro Silencio fatal (A Woman’s Secret, 1949, Nicholas Ray),
por mencionar unas cuantas.

Basándose en un guion de su propio
padre, Jack Fincher, fallecido en 2003, David Fincher estuvo levantando su
producción desde los años noventa, pero siempre se encontraba con dificultades
para su realización, sobre todo por la insistencia en el uso del blanco y
negro, algo que ningún estudio aceptó. Ahora, Netflix, luego de su éxito con Roma
(2018) en blanco y negro, y por la aceptación de la serie de Fincher,
Mindhunters, fue la única alternativa para que llegara a ser una
realidad. La ventaja de pasarse por una popular plataforma le dará una gran
posibilidad de una mayor cantidad de público que, de otra manera, no tendría en
salas. La cinta está inmersa en hechos muy particulares que desconoce un
público general. No hay gran acción. Es una cinta que expresa el sentimiento de
una época, las inquietudes de un hombre que quiso diseccionar a la sociedad de
su tiempo, con personajes reconocibles para cinéfilos de hueso colorado. El
reparto, fuera de Oldman y Amanda Seyfried (como Marion Davies) o Lily Collins,
está integrado por actores secundarios o incipientes. Es lo que está en su
contra.

¿Y por qué la tenacidad en llevar este
guion a la pantalla? Uno pudiera ver a Mank como una recuperación del
héroe vencido por el alcohol que logra reivindicarse. Sin embargo, más allá de
todo, se encuentra la alternativa de mostrar una metáfora del sistema actual de
producción en Hollywood donde todo está controlado en una forma semejante a lo
que sucedía en esos años. En la cinta se habla de cómo la MGM quiso comprar el
negativo de El ciudadano Kane para quemarlo y que nunca viera la luz:
era un contubernio entre poderosos como Louis B. Mayer y Hearst. En nuestros
tiempos, la supremacía que ha alcanzado Disney al fusionar tantas empresas
(quitar el “Fox” a la tradicional 20th Century en su logo; inmiscuirse en
cuestiones de cierta dudosa moralidad en los discursos que produce o estrellas
que apaga de la noche a la mañana) habla de la vigencia de este discurso en
nuestros días. La misma Netflix se enorgullece de ser tan dominante, en su penetración
mundial, que puede darse el lujo de hacer lo que desee con el producto que sale
por su medio de comunicación. Si se fija, el logo de esta cinta es Netflix International Pictures.

David Fincher, tan espectacular como vacío,
superficial y efectista en sus cintas previas, ha logrado la que es su mejor
película en cuanto a que deja de lado sus truculencias y sus temas fácilmente
taquilleros para ofrecer su reflexión sobre el mundo del cine donde se
encuentra inmerso. Siempre ha mostrado su gran dominio de técnica y narrativa
fílmica, muy adecuados para sus vídeos musicales o comerciales. Gusta mucho al público
por sus truculencias visuales (Alien 3 o Seven o El juego)
o su supuesta preocupación por los hechos sociales (El club de la pelea o
La red social), y es lo que le ha permitido admiradores y prestigio. Cuando
tiene guiones sólidos como la excelente Perdida (2014) o El curioso
caso de Benjamin Button (2008), resultan cintas redondas, como pasa ahora
con Mank, donde los elementos se conjugan para un resultado serio, con excelentes
valores de producción, con una temática que será más comprensible para ciertos espectadores.
Sin embargo, ahí es donde también está su posible debilidad.
El director David Fincher