EL
PÁJARO PINTADO
(The Painted Bird / Nabarvené Ptáce)
2019. Dir. Václav Marhoul.
El título de esta película
(basada en una novela excepcional de Jerzy Kosinski) se basa en un juego cruel
que consiste en pintar de colores a un pájaro para luego soltarlo en busca de
su parvada. Sin embargo, al entremezclarse en ella, los otros pájaros lo
desconocen, empiezan a atacarlo, hasta que muere y cae al vacío. Este hecho
puede aplicarse al jovencito protagonista quien es despreciado por sus mismos
congéneres debido a su piel más morena que hace que se le califique de gitano o
de judío de calle. Estamos ante una película brutal, espeluznante, donde este
muchacho, recién salido de la niñez, vive al cuidado de una tía en un pueblo
de algún país de la Europa Oriental, debido a que sus padres le han alejado de
la ciudad para protegerlo de la amenaza nazista, sin imaginar que lo han condenado a un destino amargo. Son los años del inicio de la
Segunda Guerra Mundial. No obstante, la tía muere y su casa se quema por
accidente. El jovencito iniciará, entonces, un largo viaje por diferentes
lugares, en el tiempo (que va pasando, aunque imperceptible, sin que se noten sus cambios físicos, a lo largo de la guerra, como pasaba con John Wayne en Más corazón que odio), donde conocerá a
diversos personajes que le darán alojamiento, aunque a precios muy altos. Será
testigo de
incesto y suicidio, así como de brutalidad, además de víctima de golpes, pedofilia,
estupro. Este largo, tortuoso, cruel camino, le irá endureciendo. El
espectador, sometido a imágenes atroces y bestiales, irá dándose cuenta de la
pérdida de la inocencia, la transformación de un ser humano en instintivo, un
niño cuya compasión desaparecerá debido a la infernal realidad que le rodea.
La cinta está dividida en nueve partes,
cada una llevando los nombres de las personas que este casi niño (del cual nos
enteraremos de su nombre hasta el final de la película) va encontrando en su
camino. Tiene un estilo naturalista que no ofrece concesiones y resulta
excesiva para espectadores sensibles (en su proyección durante el Festival de
Venecia del año pasado, hubo quienes desalojaron la sala a los veinte minutos).
Las primeras imágenes nos ofrecen a un grupo de muchachos que atacan al
protagonista y le quitan de sus manos al hurón que trae como mascota y al cual
bañan de alcohol para quemarlo vivo. Más adelante, una curandera, quien es su
primera protectora, para curarlo de una enfermedad, lo entierra dejando
solamente su cabeza expuesta y si no es por la intervención oportuna de la
mujer, empieza a ser atacado por cuervos que lo rodean. El jovencito enfrenta a
un molinero celoso que le saca, literalmente, los ojos a quien cree amante de su
esposa. Todo lo que va sucediendo es un catálogo de monstruosidades que, no
obstante, establece lo que sería una poética de la violencia como aprendizaje
de vida: es el otro lado de la moneda para los seres con privilegio. Son Los
olvidados (Buñuel, 1950) o Pixote (Babenco, 1980) o el adolescente de La
virgen de los sicarios (Schroeder, 2000).
En algún momento, cuando mucho le ha
sucedido, un oficial soviético, de los pocos que muestran compasión hacia él,
le hace ver que no debe olvidar el aforismo de “ojo por ojo, diente por
diente”. Ya muy golpeado por sus experiencias de vida, quien inicialmente sentía dolor o alguna
conmiseración (en un acto de inocencia, entrega sus ojos al hombre que los ha
perdido, para que vuelva a ponérselos), ha cambiado su escala de valores: si
alguien le ataca, necesita devolver el golpe. Hay todo un cambio de prioridades en quien nunca recibe piedad (o en todo caso, con consecuencias
nefastas). Aparte, la cinta recupera un discurso de la novela: el racismo no
ocurría solamente entre nazis y los campos de concentración. Los mismos
pobladores renegaban de su sangre ante el temor de perder la vida y hacían menos a quienes eran
distintos.
Debe destacarse un elenco internacional
de ensueño que rodea al extraordinario Petr Kotlár quien interpreta al
torturado protagonista. Julian Sands, Harvey Keitel, Udo Kier, Barry Pepper,
Aleksey Kravchenko, entre actores impactantes de los países coproductores (República
Checa, Ucrania y Eslovaquia). El director (también productor y guionista)
Marhoul tardó once años en levantar este proyecto y finalmente lo pudo realizar
en un nítido y contrastante blanco y negro que ofrece la atmósfera de esos
tiempos grises u oscuros, aparte de haber filmado en película de celuloide,
como siempre debería ser. Anteriormente había filmado Tobruk (2008) donde
recuperaba otros momentos de la Segunda Guerra Mundial, ahora en el desierto de
Libia.
El novelista Kosinski publicó esta novela en 1965
y tuvo un éxito esplendoroso. Declaró antes de que saliera a la luz, que había
tintes autobiográficos en la misma (algo que luego calló). Debido a sus excentricidades
(se había casado con la viuda de un rico magnate y vivía de manera
extravagante), fue atacado por los medios y hasta se le acusó de plagiario o de
que sus novelas habían sido escritas por sus editores. Nada de esto se pudo
comprobar. En su biografía del escritor (Jerzy Kosinski: A Biography,
Penguin Books, 1996), el autor James Park Sloan se pregunta si Kosinski fue
un pájaro pintado debido al rechazo que vivió o era el que pintaba pájaros, al
mezclar hechos y ficción para convertirlos en un juego sádico. De cualquier
manera, haya vivido o no lo que podemos ver en esta impactante, estupenda,
conmovedora película, es suficiente para comprobar que existe el infierno sobre
la tierra.
El director Marhoul con su pequeño actor
en el Festival de Venecia 2019














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