LOS HIJOS DE ISADORA
(Les enfants d’Isadora)
2019. Dir. Damien Manivel.
Otra propuesta fílmica donde el pasado incide en el ámbito contemporáneo para reiterar que los sentimientos son universales y trascendentes. Esta cinta está dividida en tres partes que tienen relación con la coreografía “Madre” que Isadora Duncan, precursora de la danza moderna, creó en 1921, ocho años después de que sus dos hijos, una niña de 7 y un niño de 3 años, perecieran ahogados al caer el coche donde viajaban, al río Sena. La pérdida de sus hijos produjo una parálisis emocional en la bailarina quien pasó largo tiempo inactiva, presa del dolor. En esta cinta, el realizador Damien Manivel (quien fuera bailarín antes de dedicarse al cine) expresa el efecto de este dolor y su tristeza, casi un siglo después, ante la recreación de la pieza coreográfica.
En la primera parte, una joven bailarina (Agathe Bonitzer) lee la autobiografía de Isadora y se entera (nos enteramos) de su tragedia. Se traslada a una biblioteca donde revisa las transcripciones anotadas de la coreografía que empieza a recrear en un estudio, de manera diligente y formal. Mira a través de una ventana donde hay niños jugando felices. En la siguiente sección, otra bailarina (Marika Rizzi) monta la misma coreografía a una alumna con síndrome Down (Manon Carpentie) que será presentada en una próxima fecha en un teatro de la Bretaña francesa. Maestra y bailarina se van sensibilizando ante la coreografía: en una vuelta a la playa, la mujer cuenta que sus hijos se encuentran estudiando en el extranjero y los extraña. La alumna escucha constantemente a Scriabin cuya música acompaña a la coreografía. En la tercera parte, durante la representación de la danza (que no ve el espectador), la cámara recorre los rostros del público para centrarse en una anciana de color (Elsa Wolliaston) quien tiene lágrimas en el rostro.
Así, hemos visto el desarrollo de una coreografía desde distintos puntos de vista: una recreación personal, otra interpretación particular que llegará a una representación, para terminar en los efectos que ésta causa en el espectador. Si la primera bailarina lo realiza como complemento y curiosidad artística de su propia admiración hacia una figura importante de la danza, en el siguiente caso está el trabajo de recreación en circunstancias particulares ya que la alumna explora sus propias capacidades y busca encontrarle sentido ante una madre que no tiene a sus hijos consigo. La conclusión del proceso, como de la película, está en una madre ya con los años encima que ha perdido a su hijo, como lo demuestra el encendido de una vela al retrato enmarcado de un joven. La mujer, en la soledad, intenta imitar los movimientos de los brazos que ha visto en el espectáculo y que una maestra ha inculcado y enfatizado en su alumna, además de los primeros bocetos que al inicio de la recreación experimenta una bailarina que desea expresarse.
Una tenue
división entre documental y ficción. Las cuatro mujeres que protagonizan esta
película son, o han sido, bailarinas (o en el caso de Manon, es su actividad
estética). En el caso de la anciana en el tercer segmento, se trata de una
mujer de ascendencia jamaiquina quien introdujo danzas africanas con sus
variantes europeas en la Francia de los años sesenta. El realizador Manivel se
llevó el premio a la mejor dirección en el Festival de Locarno 2019. Su
película es un bello e indirecto homenaje a Isadora Duncan, o sea, a la danza
contemporánea en su origen. Más que nada es el énfasis en cómo la pieza artística
nos conmueve, nos modifica o nos transforma porque los caminos en que llega a
cada uno de nosotros son infinitos.
El realizador Damien Manivel, en Locarno 2019





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