MONOS
2019. Dir. Alejandro Landes.
En las montañas de algún país
sudamericano, un grupo de adolescentes juega al futbol a ciegas. Luego, se dan
cuenta de que ha llegado su “mensajero”, un hombre de baja estatura pero cuerpo
musculoso, quien los pone a ejercitar, a informarles que les ha traído una vaca
como regalo de la organización, a la cual deben ordeñar y cuidar para demostrar
su agradecimiento. Los ocho jovencitos (hombres y mujeres) son alineados,
nombrándoles con sus apodos, para hacer peticiones y recibir indicaciones. Así,
el joven Lobo (Julián Giraldo) pide permiso para “asociarse” con Leidi (Karen
Quintero). Se le concede además de nombrársele responsable del grupo. También
se les pide a todos que cuiden a la Doctora (Julianne Nicholson) quien es una
rehén norteamericana a la cual tienen prisionera. Todos estos mandatos se salen
de control: luego de emborracharse por la “noche de bodas”, Perro (Paul
Cubides) empieza a disparar al aire con una ametralladora y accidentalmente
mata a la vaca. Lobo le impone un castigo pero luego se mata. Entre ellos
deciden un plan para explicar los hechos.
El guionista-realizador se enfoca en
las relaciones entre estos jovencitos que se hacen llamar “monos”, imitando sus
sonidos para afianzarse como grupo. Hay diversos conflictos que se irán sucediendo
a lo largo de la trama. Se asiste a sus juegos particulares (cuando uno de
ellos cumple sus quince años, el festejo consiste en darle esa cantidad de
azotes), a su manera particular de desenvolverse dentro de las variables que
han conocido en su pequeño universo (Leidi critica a Lobo porque no sabe besar
y le pide que practique con su amigo Rambo), a su trato que vacila entre el
afecto y la disciplina férrea con su prisionera (las jovencitas la peinan con
trenzas; luego, una de ellas la amenaza de muerte si acaso los atrapan durante
una emboscada militar), a su niñez deteriorada que hace que traten a sus armas
como juguetes.
Igualmente, el personaje de la rehén se
mueve entre cierta ternura que siente hacia sus personas (inocentes pero
crueles) contra el temor de llegar al maltrato y, por supuesto, a la muerte. La
Doctora (luego sabremos que es una ingeniera) vendrá a ser el eje alrededor de
las acciones de este grupo de jovencitos que han sido arrastrados por la miseria
hacia estos grupos rebeldes con la promesa de mejoría cuando es notorio el abuso
y la explotación. No obstante, nunca se ofrecen antecedentes ni pistas acerca
de sus vidas pasadas. Es dar por hecho que han sido reclutados con facilidad
ante algún sentimiento de su falta de futuro por otra alternativa que ofrece
disciplina y atención. De ahí que el suicidio de Lobo se deba ante su fracaso
como líder: si en la vida no tenía alicientes, ahora se han roto sus
expectativas.
Monos es extraordinaria. Su
estilo seco y directo expresa y comunica todo lo necesario para que el
espectador comprenda su discurso (la situación política del país sin importar a
cuál se refiera, las desigualdades sociales, las guerras que se desatan en
locaciones alejadas de la urbe, los secuestros por intereses usualmente más
allá del entendimiento). Y lo más interesante es que no ofrece un punto de
vista moralizante ni sentimentaloide con estos jóvenes (al estilo Chicuarotes
o la multimencionada Ya no estoy aquí, de la cual ya nadie habla).
No se busca la empatía, ni la fácil solución. Es el reflejo de un caso que ya
se repite desde hace muchos años en todas partes del mundo. Corres y corres
buscando alguna salida y finalmente, con tus ojos llorosos y atemorizados, te
das cuenta de que no existe.
(En la foto siguiente, el realizador Alejandro Landes)





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