SPUTNIK
(Спутник)
2020. Dir. Egor Abramenko.
Es 1983 y dos cosmonautas soviéticos se encuentran en el momento de retornar a la tierra. Ambos platican sobre sus planes y, de pronto, una sombra atraviesa por su ventanilla. Más tarde veremos que la cápsula ha aterrizado en terrenos de Kazajistán. Un campesino que se acerca descubre que uno de los navegantes ha muerto con el cráneo abierto. El otro, ensangrentado, está sobre la portezuela. En Moscú, la adusta Dra. Tatiana Klimova (Oksana Akinshina) está siendo acusada de negligencia ante un caso donde arriesgó la vida de un joven al cual logró salvar: las estrictas autoridades le exigen que renuncie o vaya a juicio. En ese momento, aparece el coronel Semiradov (Fedor Bondarchuk) quien le ofrece una tercera salida: que lo acompañe a la unidad investigadora que se encuentra en las afueras para que evalúe el estado actual del astronauta sobreviviente Konstantin (Piotr Fyodorov). Luego de unas entrevistas donde el hombre le confiesa que no recuerda nada, Semiradov hace que Tatiana sea testigo de algo increíble: por las madrugadas, en cierto horario, mientras Konstantin duerme por el efecto de somníferos, sale de su boca un ser extraterrestre que se ha alojado dentro de su cuerpo. Tatiana empieza a tomar otras medidas en su tratamiento y va sintiendo afecto por el astronauta, mientras va descubriendo las características del monstruo.
Un homenaje a Alien: el octavo pasajero (Scott, 1979), donde el extraterreste era un parásito que se alimentaba en el interior del cuerpo humano para surgir matando a su anfitrión, pero que también recuerda la base de El aguijón de la muerte (Castle, 1959) donde el miedo era el alimento para otro parásito que podía recolectarse si la persona moría temerosa. En este caso, la inteligente variable reside en definir al huésped en estado simbiótico. Solamente abandona al cuerpo humano para alimentarse de la sustancia que se forma cuando se tiene un miedo absoluto. Y en este caso, la metáfora que deviene comentario político es precisamente la extinta Unión Soviética donde el temor era cotidiano ya que las amenazas, por cualquier situación, eran constantes. El monstruo no puede vivir mucho tiempo fuera del cuerpo humano y es, entonces, cuando la científica piensa que puede salvar a su amado, separándolos.
La gran cualidad de esta excelente producción es que no se queda en el espectáculo derivado de la ciencia ficción. El terreno de la conciencia personal, la culpa, los antecedentes psicológicos, así como la memoria, ofrecen una dimensión humana a sus personajes. Konstantin está consciente de los hechos que vive el extraterrestre al alejarse de su cuerpo, mientras que éste puede digerir elementos que afectan a su anfitrión. Hay una subtrama que se intercala durante la narración que será significativa para el espectador al terminar la película, y para la comprensión del personaje femenino. Entre los horrores de una sociedad sometida y amagada por sus autoridades cuyo valor por la vida humana era negativa (fíjense en el alimento que se le sirve al monstruo), además de la implicación de que dicha amenaza ya estaba profundamente marcada dentro de cada habitante, fue la motivación de colocarla dentro de la Unión Soviética. No obstante, el miedo es constante y a todos nos acecha. El enemigo puede estar dentro de nosotros sin saberlo (y en este tiempo covidoso puede entenderse a la perfección).
El realizador Egor Abramenko con Fedor Bondarchuk






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