LOS
ÚLTIMOS DÍAS DEL CRIMEN
(The
Last Days of American Crime)
2020.
Dir. Olivier Megaton.
Los últimos días del crimen es
un desastre. Y duele porque el director es el francés Megaton a quien debemos
esos grandes ejemplos de neo-thriller como Colombiana (2011) o
las dos secuelas de Búsqueda implacable (2012 y 2014). O la malograda
serie de televisión francesa Taxi Brooklyn (2014) que fue cancelada en su primera temporada sin darle mayores
oportunidades. En este caso no existe un ritmo sostenido ni manejo del
suspenso. Se mantiene la crudeza de imágenes extremas, torturas, violencia, pero
la manera en que se presentan llega a la caricatura y de ahí, solamente el
ridículo. Será que está basada en una novela gráfica y se quiso ser muy fiel a
la trama por lo que la duración se alarga a los 150 minutos y una pista exacta
para corroborar su insolvencia narrativa es que la acción base, el objetivo para
que todo tenga un sentido, se desarrolla en la última hora de metraje. A pesar
de que hay secuencias de acción y atroz violencia, cunde el tedio. Tal parece
que los hechos están desconectados entre sí.
Michael Pitt
La trama sucede en un futuro distópico
en Estados Unidos. El gobierno ha logrado desarrollar una señal que se
transmitirá por todo el país y que afecta neurológicamente a los criminales o a
quienes decidan acceder a un latrocinio. Falta una semana para que se
implemente y antes de que suceda Bricke (Edgar Ramírez) une fuerzas con Kevin
(Michael Pitt), quien es, en realidad, el hijo del mafioso más poderoso del
país, para realizar el robo de un billón de dólares y escapar hacia Canadá.
Para ello, se involucrará Shelby (Anna Brewster) la novia de Kevin (aunque
además se involucra sexualmente con Bricke). Este es un resumen elemental de
una trama que explica, además, muchas cosas (el antecedente de un hermano de
Bricke, el hecho de que Kevin fue su compañero en prisión, la relación terrible
de Kevin con su padre y hermana, el personaje de un policía que no tiene importancia
al final de cuentas). La cinta se regodea en la sangre y poco en los
personajes: uno se entera que Shelby es una hacker muy competente hasta las
últimas secuencias y nunca se establece la relación entre Ross (Tamer Burjacq)
quien es el amigo fiel de Bricke y éste. Y así surgen muchos defectos.
Anna Brewster y Edgar Ramírez
De todas maneras, no deja de ser una
película de Megaton y hay secuencias brillantes en las persecuciones. Hay
momentos de intimidad que resultan sugerentes y cálidos. En otros, la crudeza y
la crueldad son evidentes. De todas maneras, no son suficientes. Falta la empatía
con los personajes (a pesar del magnetismo de Ramírez, aquí no resulta fácil
para conectar) y la mayoría son despreciables. La cinta sale en un momento
difícil para Estados Unidos en cuanto al racismo y la falta de respeto a los
derechos humanos. La trama involucra un autoritarismo terrible desde el momento
en que se violarán los derechos corporales de los individuos gracias a una
señal que afecta a la moral personal. Aunado al tedio, la longitud y los
personajes antipáticos, el resultado es triste y caótico.
Un fallido Olivier Megaton




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