2020. Dir. Rodrigo Sepúlveda.
Durante la dictadura de Pinochet, se desarrolla una historia de amor entre un avejentado travesti al cual se le conoce como “La loca del frente” (Alfredo Castro, excepcional) y un joven arquitecto mexicano, Carlos (Leonardo Ortizgris), involucrado en la guerrilla de resistencia. Una noche, cuando es intervenido el cabaret de travestis por la policía, donde uno de ellos es asesinado, la loca escapa, pero en cierto punto es detenida por Carlos, quien estaba entre los asistentes del antro, quien la abraza, como si fuera una pareja cualquiera. Acompaña a la loca hasta su caserón que se encuentra en un callejón de la ciudad, con todo el deterioro causado por un terremoto, y al día siguiente la busca. Le pide que le ayude guardando unas cajas de libros, aunque con el tiempo, se dará cuenta de que en realidad contienen armas. Luego, trae a varias personas para un “círculo de estudio”, y así se va creando una liga afectiva entre ambos personajes.
Basada en un guion de Pedro Lemebel (1952 - 2015), realizado sobre su propia, única, novela de 2001, en esta coproducción entre Chile, Argentina y México, estamos ante otra visión de la dictadura pinochetista. Lemebel quiso traducir el sentir de los marginados, en las palabras de la loca: “no importa quién esté en el poder porque nosotras tampoco les importamos”. Ya sea dictadura o democracia, el desprecio ha sido constante, por eso no le interesa. El submundo de La loca está en el cabaret, en la prostitución afuera de un cine porno, pero en su realidad cotidiana se dedica a coser y bordar. Tiene una cliente rica, esposa de militar, que le pide trabajos finos. La relación con Carlos hará que empiece a tomar conciencia de la realidad del país: una marcha de protesta hace que sea humillada y hasta golpeada por un cabo. Su negativa a entregar un mantel que se utilizará para servir a militares hace que Carlos le indique que eso podría traer consecuencias funestas: no puede mezclar los caprichos ni los exabruptos femeninos con las estrategias políticas y de protesta. La loca apenas está comprendiendo lo que sucede en su país.
La acción de la novela sucede en 1986 cuando fue el atentado contra Pinochet, hecho respetado en la película, y que será la finalidad de Carlos, miembro de un frente revolucionario. La ciudad de Santiago se sugiere, no se muestra en detalle, sino a través de militares en la calle o en las carreteras revisando identificaciones de viajeros, casas deterioradas, barrios empobrecidos, en contraste con las enormes residencias de los militares o las personas acaudaladas. La música es ecléctica, fuera de tiempo, inserta en esos tiempos cuando aún no existía (“La pollera colorá” con Yuri y Charlie Zaa, “Invítame a pecar” de Paquita, la del barrio o la versión de los años noventa de “La llorona” por Chavela Vargas). El título de la cinta, eso sí, proviene de “Tengo miedo torero”, canción de los años sesenta que fuera éxito de Lola Flores.
Y la
cinta pertenece al genial Alfredo Castro. Uno de los grandes actores chilenos
que se dio a conocer internacionalmente en Tony Manero (Larraín, 2008) hasta
llegar a Desde allá o El club y recientemente con El príncipe,
donde era el macho homosexual que dominaba a jóvenes prisioneros, para ahora
irse al otro extremo y ser el travesti enamorado, apasionado, que adquiere una
razón para vivir gracias al amor por un guerrillero: su actuación es discreta,
extravagante, exacta en tono e intención, sin caer jamás en la caricatura o la
exageración. La química con Ortizgris, (otro de los mejores actores nacionales
que se ha visto en muchas obras de teatro antes de entrar al cine, como en las
detestables Güeros y Museo, o en la incomprendida, excelente y
poco difundida El club de los insomnes), es excepcional. Ambos crean un
ambiente de amistad y solidaridad que no llega al extremo carnal (en el sopor
alcohólico, una felación que pudo o no haber ocurrido). La relación que inicia
como un interés particular de lucha se convierte en la unión de dos soledades
incomprendidas (el luchador que busca justicia y libertad, siempre escapando;
el travesti cuya autoestima ha sido ínfima, siempre humillándose) que
construyen esperanza.
El realizador chileno Rodrigo Sepúlveda






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