LITTLE FISH
2020. Dir. Chad Hartigan.
Emma (Olivia Cooke) y Jude (Jack O’Connell) se casan, pero entonces inicia una tragedia mundial: se desata una enfermedad llamada Aflicción Neuroinflamatoria que produce la pérdida de memoria entre las personas. Lo que inicialmente no se había catalogado como grave, fue intensificándose al grado de personas que corrían sin detenerse o simplemente abandonaban sus autos porque ya no sabían su rumbo o un piloto de avión que, de pronto, olvidó volar, provocando un desastre. Su relación con otra pareja, el músico Ben y su esposa Samantha, fue el principal indicador. Ben desconoce a su mujer y la golpea. Emma no puede viajar a Inglaterra para visitar a su madre quien está en el proceso de olvido. Un posible tratamiento surge y, cuando Emma empieza a notar pequeñas distracciones en Jude, le pide que se inscriba, aunque es rechazado por una situación inesperada. La joven teme que se repitan los hechos de su pareja amiga e intenta por todos los medios alguna solución. La acción sucede en un futuro próximo y es Emma la que está recordando los felices momentos del primer encuentro romántico, el matrimonio, la luna de miel. Ella se cuestiona la imposibilidad de construir un futuro cuando hay que estar reconstruyendo un pasado.
La cinta fue filmada y terminada antes de la pandemia. Es impresionante cómo se visualizaron circunstancias que hemos experimentado con el Covid-19: los cubrebocas, el aislamiento con otros miembros de las familias, la esperanza de alguna cura y, sobre todo, las injusticias en la selección de candidatos para tratamientos posibles. Por otro lado, estamos ante una problemática que sucede sin necesidad de pandemias: la pérdida de la memoria por causas naturales (la demencia senil, el Alzheimer) donde las personas pierden todo el sentido de su existencia. Una vez que se borran los recuerdos, se ha extinguido lo que sustentaba la vida. Las relaciones con otras personas se deben a los recuerdos que las enlazan entre ellas: los momentos caseros, los compañeros de escuela, las experiencias laborales, el tejido social. En este caso, la aflicción se convierte en desastre universal. Poco a poco cundirá el olvido y, ahora, sí, el final de las historias de vida.
La
relación entre Emma y Jude se va modificando entre sus recuerdos: el afecto por
su mascota, un juguete, el color del vestido que Emma utilizó en la boda, el
momento en que se conocieron. La película se va desarrollando, paradójicamente,
desde la memoria de Emma, porque el desenlace podrá ser negativo. El amor se va
desvaneciendo por parte de su pareja, ella quiere aferrarse a sus experiencias.
Todo el mundo está padeciendo esta amenaza: su dolor tiene que vivirlo
solitaria porque cuando tu desgracia es igual a la desgracia de los demás,
¿cómo puedes quejarte, afligirte, consolarte? Tenemos una brillante descripción
de la desolación humana, ante una cinta que resultó profética aunque no tan
absoluta en sus consecuencias. Lo que hubiera parecido ciencia ficción en años
pasados, ahora se torna en perfecta metáfora de nuestra vulnerabilidad: algo
que ha quedado más que demostrado en estos tiempos severos.





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