VERANO DEL 85
(Été 85)
2020. Dir. François Ozon.
La más reciente película del prolífico Ozon viene a ser la realización de un viejo sueño del director: desde que había leído la novela en que se basa, cuando era adolescente, se había prometido que sería el argumento de su primera película. La realidad se impuso y tuvo que esperar más de veinte años para cumplirlo. “Dance on My Grave” de Aidan Chambers es el título de esa novela que fue adaptada libremente por el director que, en realidad, simplemente cambió locaciones y adelantó un poco los años. La cinta narra en retroceso de tiempo, la relación amorosa entre Alex (Félix Lefebvre) de 16 años y David (Benjamin Voisin), de 18. Cuando Alex salió a navegar en la costa normanda, una tempestad inesperada hizo que su velero se volteara. A su rescate llegó David quien, de pronto, sin mayores preámbulos, se tornó en una especie de amigo protector. La cercanía y el afecto llevó a las relaciones sexuales. La cinta inicia con Alexis siendo trasladado a la corte porque David ha muerto y se le va a enjuiciar por un acto que ha cometido.
La construcción narrativa de la película es magistral. La simple imagen de Alex escoltado por un policía, además de la mención de un acto imperdonable, hace que el espectador incremente su curiosidad para llegar al desenlace. No obstante, la descripción de ese primer accidente además de cómo se va desarrollando la amistad entre los dos jovencitos está plena de gracia, mucha debida al carisma del reparto en general, pero sobre todo la de los actores Lefebvre y Voisin cuya química atrapa la mirada. Aparte, es una especie de suma total de la obra de un gran realizador. En una entrevista, Ozon se dio cuenta de que la película tenía muchas referencias de sus otras obras: el travestismo de Una nueva amiga, la conciencia de la muerte en Frantz, el homosexualismo emergente de Sitcom, las amistades complicadas de Swimming Pool, explicando que eran los recuerdos de la novela admirada a sus quince años.
Todavía insistiendo en la narración de la película, tenemos a un Alex que recuerda y no desea hablar. Su maestro, mentor en la escuela, le pide que lo escriba. Lo que desea una trabajadora social es entender los actos del joven luego de la muerte de su amigo. Entonces, la cinta se convierte en la lectura de lo que sería una novela. Tal vez lo que se muestra se encuentra idealizado, endulzado por la memoria, pero todo encubierto por una gran pasión. La amistad que se desarrolla entre los dos jóvenes viene a ser una disección de las relaciones amorosas: el encuentro, los detalles que van creando sentimientos, el descubrimiento del complemento personal, la intensidad, para luego llegar a la complejidad. “Quería estar siempre a su lado” es una frase que expresa Alex cuando la relación se encuentra en un punto alto. Es una historia de dos jóvenes con ritmos diferentes y una misma atmósfera. Aunque hay amores que atan y que no se olvidan, la vida debe continuar. Más aún si en este caso es el primer amor.
Alex
es un joven de clase media baja. Se encuentra de vacaciones, pero su padre
quiere que encuentre un empleo. No le gusta que sea holgazán ni que duerma
tarde. Acorde con su maestro, tiene aptitudes para la literatura pero, él mismo
afirma que no le servirá de nada en el futuro. David, por su parte, tiene un
año de haber perdido a su padre y dejó los estudios por atender la tienda de
artículos deportivos que les dejó de herencia a él y a su madre. A lo largo de
la película se va estableciendo el carácter más ingenuo y sumiso de Alex contra
el cinismo y desparpajo de David (que pudiera ser una coraza contra el
sufrimiento: es un seductor nato). Algo que llama la atención en el cine
francés es el gran tino en la selección de actores. Y lo mejor de todo: la
cinta no juzga la relación. Ozon establece su historia de amor pero, como es
usual en sus cintas, queda cierta ambigüedad, cierto misterio para que el
espectador imagine lo que fue y lo que pasará.





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