MARICÓN
(Moffie)
2019. Dir. Oliver
Hermanus.
Es 1981 y Sudáfrica está en guerra con Angola y (ahora) Namibia. El Apartheid permanece con su racismo feroz y los jóvenes, desde los 16 años, son reclutados para su entrenamiento militar, posteriormente su participación bélica, antes de volver a la vida civil. Nicholas (Kai Luke Brummer) empieza a vivir el cruel proceso donde la disciplina es excesiva y el objetivo bastante claro: fomentar el odio hacia la raza negra. El título original se refiere a una forma peyorativa con la cual se nombraba a los homosexuales en Sudáfrica, por esos tiempos, y cuyo equivalente en español ya es considerado políticamente incorrecto (y así viene el título en la cinta). Durante el entrenamiento se descubre a una pareja que es golpeada y enviada a un centro de “readaptación”, que en realidad es el lugar al cual se enviaba a psicópatas y drogadictos. Nicholas conoce a Stassen (Ryan de Villiers) quien se le insinúa durante una noche en que deben de dormir en trincheras. Más tarde, solos, le da un ligero beso en la boca…
Sin embargo, el tema principal es la violencia, la rudeza de la preparación militar: el reflejo de lo que fue el alimento del odio durante largos años desde las colonizaciones holandesas y británicas, hasta el surgimiento de la feroz segregación racial: una secuencia muestra a los soldados burlándose, desde la ventana del tren que los transporta, de un hombre negro que esperaba en una estación. Así como se despreciaba a los verdaderos habitantes del país, toda diversidad era castigada. La homosexualidad toma un rol consecuente: Nicholas recuerda su propia inclinación desde que era un adolescente y deberá reprimirla luego de un inesperado incidente que ocurre en una alberca pública, que ilustra esa supremacía irracional de los sudafricanos conservadores.
La cinta muestra a un grupo de
adolescentes, reclutas que resguardan y cultivan su imagen viril, que soporta todas las
pruebas excesivas de un sistema brutal (de hecho, su diversión consiste en el
juego de la botella, donde los seleccionados, deben de enfrentarse a golpes
hasta que brote sangre). Habrá gente más débil. Es imposible no recordar a
Kubrick con la primera parte de Cara de
guerra (1987) y la presión que sufre el soldado Pyle ante el detestable
sargento que lo presiona. Nicholas tendrá que ocultar su verdadera naturaleza
y, de esta manera, se ofrece un panorama de las limitaciones vividas. Es
notorio el impacto que Stassen, primer amor, produce en su persona y eso será
lo que le haga vivir con una esperanza que, al final de cuentas, será también
una frustración: todo producto de una realidad opresiva en exceso. Llegar al
paraíso, al mar, juntos, pero siempre con una sombre que se interpone entre
ellos.





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