viernes, 28 de mayo de 2021

LA CHICA RICA APRENDE

#LADY RANCHO
2018. Dir. Rafael Montero.

         La joven y gorda millonaria Camila Pérez-Mayer (Danae Reynaud), mimada hija de papi que gasta dinerales en sesiones de compras que duran siete horas, sufre el enojo y regaño de su madre Fátima (Azela Robinson), pero tiene toda la libertad que le brinda su padre Jorge (Juan Carlos Colombo) porque piensa que “es algo que se le pasará”. Esa misma noche, alcoholizada luego de andar por el antro con su amiga Andy, crea un escándalo al robar su propia camioneta del martirizado chofer Arturo, ingerir unos “jochos” (hot dogs) sin tener dinero para pagar, agredir a unos agentes de la policía y ser grabada mientras expresa su nombre y dice que “todos son mis gatos”, antes de parar en la cárcel. Por eso aparece en las noticias, se le nombra “Lady Jochos”, y sus padres, para aplacarla y enseñarle una lección, la dejan en su inmenso rancho, muy alejado de la ciudad, sin posibilidad de abandonarlo y sin señal para su celular, ordenando al caporal Juan (Hoze Meléndez) y al anciano peón Eulalio (el legendario Jorge Victoria) que no le den de comer si no trabaja. Poco a poco, Camila irá aprendiendo las reglas del juego.

 Alcoholizadas, comprando "jochos" sin dinero para pagar...

         Otra de las tantas comedias simplonas que han pululado en el cine mexicano de los últimos años para dar una idea “amable” de nuestra realidad, partiendo de los estereotipos: en este caso, como en muchas películas que le han antecedido, tenemos a la chica rica, mimada, ignorante del entorno social que rodea a su propia clase, y que, al experimentar en carne propia la carencia de sus recursos más queridos (comodidades y dinero), toma conciencia, y cambia, y aprende. Nada nuevo bajo el sol: ahí están las muchachas ricas cuyos padres enviaban al campo para hacerse mujeres en Jóvenes y bellas (Cortés, 1961) donde cuatro de ellas se enamoraban de sendos hermanos rancheros; uno se acuerda de la ociosa Mané (Silvia Pinal) en El inocente (González Jr., 1955) que se enamoraba del apuesto mecánico Cruci (Pedro Infante), decidida a dejar todo atrás y vivir frugalmente a su lado. O de la bravía Beatriz (María Félix) quien renunciaba a su mundo aristocrático y decadente para seguir a su hombre (Pedro Armendáriz) a la Revolución en Enamorada (Fernández, 1946). Sin embargo, las diferencias son muchas. En el pasado, la ingenuidad y el idealismo se trastocaban por el amor, el romanticismo. Todo se justificaba porque la época permitía la validez de la frase “contigo, pan y cebolla”, además de promover la idea del final feliz. Las chicas se encontraban con muchachos que serían los siguientes terratenientes del poblado, Mané se iba a su casa en Acapulco para despreciar y darse cuenta del ardor que le despertaba su mecánico, y Beatriz dejaba atrás su casona de pueblo. En todos los casos estaba presente la hegemonía masculina y el sometimiento. Ahora las chicas modernas que adquieren conciencia deciden volverse empresarias y continuar con un destino económico semejante, aunque con pequeños matices. A pesar de encontrar a su ideal masculino, serán mujeres libres y autosuficientes.

 Negándose a ordeñar una vaca...

         La cinta posee dos tonos: el inicial corresponde al cinismo y la comodidad de clase. Camila es feliz consigo misma, sigue sus reglas con todo desparpajo, y no entiende los motivos de que sus padres se enojen: todo es natural para sus hechos cotidianos, se repiten los esquemas que siguen sus amigos y amigas. Es la naturalidad del “dificilísimo” de Mané o de que Beatriz encendiera una cohetería para atacar a su amado o que las muchachas ricas bailaran y cantaran a pesar del ambiente de campo: un personaje libre, divertido, aberrantemente altanero. Al cambiar de hábitat, todo adquiere un tono de regaño y moraleja, de caída y ascenso, de aprendizaje y ambición. De acuerdo con los estereotipos, no será sorpresa que Camila encuentre una tarántula, caiga en el lodo, o que provoque que una vieja camioneta se desviele. Tampoco será extraño que aparezca un apuesto joven que se dedica a realizar labores sociales en un apartadísimo pueblo en la sierra. Tal parece que, en el cine mexicano de hoy, todo final feliz debe mostrar una preocupación por el bienestar del prójimo: nada reprobable si tono y ambiente no fuera tan idealizado, fantástico, de cuento de hadas. Si ya se nos vendiera tan fácilmente un improbable final feliz.

 Se encuentra al chico altruista, que realiza labores sociales, para que sea su inspiración (Mario Moreno, nieto de Cantinflas)

         Al realizador Rafael Montero le debemos una obra independiente magnífica Adiós David (1978), un debut industrial muy decoroso El costo de la vida (1988), y una obra maestra, subestimada, realizada precariamente, pero indicadora de una realidad muy mexicana Justicia de nadie (1991). Luego, altibajos terribles que incluyen a la detestable Cilantro y perejil (1996). Se nota que desde entonces ilustra historias, ya que es un artesano dedicado, alejado del joven estudiante del CUEC. La cinta nos ofrece a la interesante Azela Robinson, a la redondísima Delia Casanova de esbeltos recuerdos en El apando (Cazals, 1975) y un avejentado, pero conmovedor, Jorge Victoria, actor en tantísimas películas de los años setenta y ochenta, sobre todo en roles pequeños o secundarios, pero de manera muy constante en aquellas cintas de violencia, narcotraficantes o ilegales. Le llegó la edad y la posibilidad de un nicho.

El director Rafael Montero



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