FIN
DE SIGLO
2019.
Dir. Lucio Castro.
Es 2019 y Ocho (Juan Barberini) llega a
Barcelona para pasar unos días. Ha alquilado un airbnb para alojarse.
Desde el balcón observa y ve pasar a un hombre que le llama la atención. Sale y
comienza a pasear. Llega a la playa para echarse un chapuzón y ahí coincide con
el hombre que ha admirado previamente. No obstante, el posible acercamiento no
se da. En otro momento, nuevamente desde el balcón mira que pasa el hombre y le
llama por el nombre de “Kiss” ya que es el emblema de la camiseta que porta (y
será un símbolo de permanencia a lo largo de la cinta). Le invita a subir y el
otro acepta. Empiezan a platicar, beben una cerveza y luego pasan a la recámara
donde tendrán relaciones sexuales una vez que Ocho deberá salir a comprar
condones ante la petición de Javi (Ramón Pujol) que es como se llama el otro
personaje. Luego de despedirse, vuelven a encontrarse. Pasan otro tiempo juntos
hasta que Ocho le dice que siente que ya se han conocido. Javi le responde que,
por supuesto, hace veinte años de ello...
Desde el balcón...
El encuentro en la playa...
En corte directo, sin efectuar cambios
ni trucos en el aspecto físico de los dos hombres, la acción se traslada a 1999
para que el espectador se entere de las circunstancias en las cuales ambos pudieron
conocerse: Javi era el novio de una amiga de Ocho. Se da una relación que luego
termina abruptamente. La cinta muestra las consecuencias de nuestra libertad de
acción. Se basa en las decisiones que se toman y que producen cambios en las
existencias. Siempre estará la duda de las alternativas de vida: ¿qué hubiera pasado
si en vez de haber hecho esto, hubiera hecho lo otro? Y dentro de estas
posibilidades se está alabando indirectamente a la facultad que tenemos para
normar nuestra vida.
La sensación de que ya se conocían...
El realizador Castro nos muestra a un
hombre que llega a Barcelona como turista. Tiene una pareja que pronto verá,
pero su relación es abierta, por lo que no duda en vivir una aventura. El hombre
que selecciona le comenta que tiene marido, y una hija, en Berlín, donde vive,
pero ahora ha venido a pasar unos días con su familia. También su relación es
tolerante y libre. Ambos encuentran puntos de conexión que facilita los
momentos que vivirán en estos días. No obstante, hay una sensación extraña para
Ocho que le corrobora Javi al confirmarle que se conocieron años atrás.
Entonces se pasa al recuerdo y la memoria trae de vuelta lo que sucedió entre
ellos y permite contrastar los cambios en las ideas y los sueños, o las
modificaciones en actitudes; el temor al compromiso o la radical deserción de
esas ideas y esos sueños.
Es en este momento cuando Ocho
encuentra una biografía de David Wojnarowicz (un fotógrafo, cineasta, activista
en pro de la cura del SIDA, muerto en 1992) donde lee lo que le explica a sí mismo, lo que
le hace alejarse de quien hubiera podido ser una pareja más: El movimiento
siempre es un alivio. La llegada a un lugar me significa la muerte. Si pudiera
imaginar una manera de permanecer siempre moviéndome, podría vivir en un
estado de libertad perpetua. Cuando
Ocho se aleja, luego de su relación sexual, e inicial, con Javi, le deja el libro abierto
en esta página, con la frase subrayada. Ha sido su selección de vida, su
destino.
Ocho (Juan Barberini)
Javi (Ramón Pujol)
No obstante, el realizador Castro no se
queda en esos dos momentos reales: uno presente que se está viviendo
intensamente y otro pasado que se está reproduciendo visualmente (y que siempre
tendrá parte de mentira cuando la memoria dulcifica los recuerdos). Hay todavía
un tercer capítulo imaginado. Se es testigo del “hubiera”. Ocho, mientras ve
alejarse a Javi, piensa en su vida juntos desde ese momento de fin de siglo
cuando se separaron. Entre la realidad y la fantasía se ha compartido un
discurso sobre el tiempo y sus efectos en las personas, sobre lo que podemos
recordar como acto de la memoria que nos ayude a proyectar el futuro, aunque este
sea una ilusión.
La cinta recuerda, en su animosidad
turística y veraniega, al mejor cine de Eric Rohmer; luego, en sus imágenes
finales, al cine de Antonioni (La aventura, sobre todo El eclipse):
las tomas fijas sobre paisaje, sobre espacios de la ciudad, sobre el mar, sobre
las luces nocturnas, sobre las estructuras de los edificios, antes de que los
personajes se separen de una vez y, ahora sí, para siempre.
El realizador Lucio Castro
ofrece su ópera prima









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